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Ariel, de Sylvia Plath



October 30, 2020

Por: ZENDALIBROS.COM

«Los poemas de Sylvia Plath ya han pasado a la leyenda como representantes del ánimo de nuestra época, y son únicos en su brillo implacable». —George Steiner.

 

Ariel, publicado póstumamente en 1965, iba a ser el segundo poemario de Sylvia Plath. Fue editado por su marido, el poeta Ted Hughes, quien modificó el manuscrito original para incluir varios de los poemas que Plath había escrito en las semanas que precedieron a su muerte, en febrero de 1963.

 

El resultado es una de las cumbres de la literatura en lengua inglesa del siglo xx, con poemas tan célebres y comentados como «Olmo», «Ariel» o «Filo». Un libro legendario que ahora presentamos en la nueva traducción de Jordi Doce y con las ilustraciones de Sara Morante.

 

Ariel resume todas las virtudes del estilo de Plath, de una intensidad expresiva y metafórica fuera de lo común, pero también cercano y lleno de delicadeza. Uno de los poemarios más influyentes de nuestro tiempo.

 

ALBADA

El amor te dio cuerda como a un reloj de oro macizo.
La matrona te dio palmadas en los pies, y tu grito pelado
se incorporó a los elementos.

 

Nuestras voces resuenan, amplificando tu llegada. Nueva estatua.
En un museo destemplado, tu desnudez
ensombrece nuestra seguridad. Te rodeamos expectantes como paredes.

 

Si soy tu madre,
lo soy como la nube que condensa un espejo y allí proyecta
el instante mismo en que el viento la borra lentamente.

 

Toda la noche la polilla de tu aliento
titila entre las rosas anodinas. Me despierto a escuchar:
en mi oído se mueve un mar lejano.

 

Un grito, y salgo de mi cama a trompicones, vacuna y floreada
con mi camisón victoriano.
Tu boca se abre, y es limpia como la de un gato. El marco de la ventana

 

palidece y engulle sus estrellas sin brillo. Y ahora ensayas
tu puñado de notas;
las nítidas vocales se elevan como globos.

 

OLMO

Para Ruth Fainlight

Conozco el fondo, dice. Lo conozco con mi gran raíz primaria:
es lo que temes.
No lo temo: he estado ahí.

 

¿Es el mar lo que oyes en mí,
sus insatisfacciones?
¿O la voz de nada, que era tu locura?

 

El amor es una sombra.
Cómo mientes y lloras a su paso…
Escucha, estos son sus cascos: se ha marchado, como un caballo.

 

Toda la noche la pasaré así, galopando impetuosamente
hasta que tu cabeza se vuelva piedra, tu almohada un pequeño césped,
sonando, resonando.

 

¿O prefieres que traiga el sonido de los venenos?
Esto de ahora es lluvia, esta gran quietud.
Y este su fruto: blanco estañado, como arsénico.

 

He sufrido la atrocidad de los atardeceres.
Quemados hasta la raíz,
mis rojos filamentos arden y se revuelven, un manojo de alambres.

 

Ahora estallo en pedazos que vuelan como mazas.
Un viento tan furioso
no tolera la calma del testigo: debo aullar.

 

También la luna es despiadada: estéril,
me arrastraría con crueldad.
Su resplandor me daña. O es que tal vez la he capturado.

 

La dejo ir. La dejo marcharse
mermada y deslucida, como después de una mastectomía.
Cómo tus pesadillas me poseen y me proveen.

 

Me habita un grito.
Cada noche levanta el vuelo y aletea
buscando, con sus garfios, algo que amar.

 

Me horroriza esto oscuro
que duerme en mí;
todo el día siento su girar suave, emplumado, su malignidad.

 

Las nubes pasan y se esfuman.
¿Serán ellas los rostros del amor, esas pálidas irrecuperables?
¿Por ellas alboroto el corazón?

 

Soy incapaz de más conocimiento.
¿Qué es esto, este rostro
tan asesino con su ramaje asfixiante?…

 

Sus serpentinos ácidos sisean.
Petrifica la voluntad. Así las lentas, las aisladas faltas
que matan, matan, matan.

 

FILO

La mujer ha alcanzado la perfección.
Su cuerpo

 

muerto muestra la sonrisa de la realización;
la imagen de una necesidad griega

 

fluye por los pliegues de su toga,
sus pies

 

desnudos parecen estar diciendo:
hasta aquí hemos llegado, se acabó.

 

Los niños, muertos y ovillados como blancas serpientes,
uno junto a cada pequeña

 

jarra de leche ya vacía.
Ella los ha plegado

 

de nuevo hacia su cuerpo como pétalos
de una rosa cerrada cuando el jardín

 

se aquieta y los aromas sangran
de las dulces y profundas gargantas de la flor de la noche.

 

La luna no tiene de qué entristecerse,
mirando fijamente desde su capucha de hueso.

 

Está acostumbrada a este tipo de cosas.
Sus negros crujen y se arrastran.

 

AMAPOLAS EN OCTUBRE

Ni siquiera las nubes soleadas pueden vestir esta mañana tales faldas.
Ni la mujer en la ambulancia
cuyo corazón rojo florece tan pasmosamente a través de su abrigo…

 

Un obsequio, un regalo de amor
no pretendido en absoluto
por un cielo

 

que pálida y flamantemente
enciende sus monóxidos de carbono, por ojos
inmóviles y abotargados bajo bombines.

 

Dios mío, qué soy yo
para que estas bocas tardías alcen su voz
en un bosque de escarcha, en un alba de acianos.

 

PALABRAS

Hachas
tras cuyo golpe el bosque reverbera,
¡y los ecos!
Ecos que viajan
desde el centro como caballos.

 

La savia
aflora como el llanto, como
el agua que persigue
restablecer su espejo
sobre la roca

 

que cae y se sumerge,
cráneo blanco
comido por las algas.
Años más tarde
me las cruzo por el camino…,

 

palabras secas, sin jinete,
el ruido infatigable de los cascos.
Y mientras,
desde el fondo de la charca, estrellas fijas
gobiernan una vida.

 

—————————————

 

Autor: Sylvia Plath. Ilustraciones: Sara Morante. Traducción: Jordi Doce. TítuloArielEditorial: Nórdica.

 

Fuente de la Poesía:

Ariel, de Sylvia Plath

 




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